miércoles, 20 de noviembre de 2013

El puente sobre el rio Kwai

Se torna el cuerpo en un trozo de carne blanca y pasada al caminar sobre el Puente del río Kwai. La mente voltea sin cansancio, las piernas ganan peso y los pasos lentitud. Poco a poco, los pies se hinchan y comienza a turbar la férrea inmensidad de la infraestructura hasta desarrollar el vértigo. Rubén me pide que nos vayamos, le falta el aire. Lo observo pálido y conjeturado, como si tuviera un mal augurio. Sobre el puente hay vías, pero no trenes. Temo que la sandalia se precipite puente abajo y caiga al río por una de las sinuosas hendiduras del raíl. Comprendo que de la emoción de no hacerse nunca con el camino llegan episodios opacos. Tardamos poco en cruzarlo, pero se nos antoja una eternidad. De la cálida humedad queda frío y de Rubén, algo extraño. Cuando llegamos a superficie, divisamos un mercado de frutas y verduras. Junto a él, una placa que dice algo así: “Por todos aquellos prisioneros que murieron construyendo este puente de manera forzosa en la Segunda Guerra Mundial”.

Rubén cruzando el puente. Kanchanaburi, Tailandia.