jueves, 26 de julio de 2012

Sólo David Hockney sabe lo que es el verano

"El verano es siempre mejor de lo que podría ser"
Charles Bowden

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Dejemos claro una cosa: en verano nunca se pregunta, bajo ningún concepto, la hora que es. Te puedo contextualizar y decir, por ejemplo, que es tiempo de beber tónicas y de andar con los potorros al aire, o que podemos ir al cine descubierto a meternos mano por el módico precio de un euro; o pasear por el parque vestida de Dorothy Gale mientras te tomas un helado y fantaseas con la vida; pero nunca anunciar la hora que es, porque en verano la coyuntura es diferente y existen tiempos y no horas. Otro ejemplo: “¿Qué hora es?” “Es tiempo de ir a la playa y dejarnos derretir al sol”.  No necesitas reloj en verano, sólo agua, como la que pinta el británico pop David Hockney en sus famosas bañeras y piscinas. Ese tío sí sabía lo que era el verano.

En sus pinturas no pasan las horas, ni si quiera las estaciones. Inmortaliza los meses de julio y agosto y aprovecha para recordarnos que el verano eterno sí existe. Por eso creo que deberíamos recordarlo, porque el verano, además, es muy pop, como su arte. “El arte pop es popular y destinado a un público amplio, pasajero, efímero, fácil de consumir y de olvidar, barato, producido en serie, joven y querido por la juventud, espiritual, sexy, llamativo, simpático, un negocio redondo” y aunque esto no lo decía Hockney, sino otro popista de la talla – Richard Hamilton- es muy aplicable al verano.  

Caluroso, pero apetecible, el verano se ha dejado caer como todos los años con sus no-horas y con invitaciones a algún que otro chapuzón. “A bigger Splash” es lo que nosotros necesitamos. Esa pintura delate que Hockney parecía precisar también de una salida veraniega y darse un buen baño de cloro, así que, dejando ese Londres tan gris allá por 1964, decide instalarse en Los Ángeles y comenzar a pintar paraísos.

"A Bigger Splash"  David Hockney, 1963

Los Ángeles es una ciudad de estrellas, sin duda; llena de esos mitos de la vida diaria que se manifiestan en la cultura de consumo. Lujo, chatarra; famoseo, anonimato;  progreso, frustración. Felicidad, ilusión, depresión y suicidio. Para esto último: Liz Taylor y Marilyn Monroe. Pero no era aquello lo que a nuestro Hockney le llamaba la atención. El clima es soleado, la gente está menos tensa… Cuando llegué no sabía si había algún tipo de vida artística allí y esa era la menor de mis preocupaciones


"Peter getting out of Nick's pool" David Hockney, 1966

 Por el contrario, Andy Warhol, otro artista de la corriente pop,  representó muy bien esta sociedad icónica con obras como sus famosísimas “Veinticinco Marilyns”. “Divinidad, estrellato y en tercer lugar, ¿cuál es la siguiente categoría? ¿Qué viene después del estrellato? La caída”. A Andy Warhol le encantaría ser una máquina; Marilyn Monroe detestaba ser una cosa.

¿Y a David Hockney, qué le gustaría ser? Se trata de un pop fascinado por la filosofía de aquella Italia profunda- y no tan profunda- que Hollywood tomó como ejemplo, la "dolce far niente", o lo que es igual, "refinada holgazanería". Porque hemos hablado de un Los Ángeles de estrellas, pero nos hemos olvidado de sus villas y piscinas. Sobre todo las piscinas. Hockney se sintió abrumado por el sol, la luz y los colores de California. Una atmósfera azul y un clima que invitaba todos los días del año a ser verano. Agua limpia y clara para darse un baño bien fresquito; una paz al ritmo del blues, como el color de sus piscinas, que siguen siendo protagonistas en sus obras después de tanto tiempo.

David Hockney, 1982

Si Hockney ha podido mostrarnos la inmortalidad de la claridad y el goce veraniego, nosotros deberíamos dejarnos llevar por sus divisas. “Yo pinto lo que quiero, cuando quiero y como quiero” Eso es una doctrina muy estival y fácil de aplicar. Así que dejemos las horas a un lado, tomemos helado, seduzcamos al vecino desde nuestras ventanas, escuchemos los hits de la radio, ¡cortémonos el pelo! y, sobre todo,  disfrutemos del tiempo de hagoloquemedalagana, porque es verano y en verano todo es posible. Incliso el amor.

lunes, 16 de julio de 2012

Perder contra un gabacho es mucho perder


“Una dentro de una 
Dentro de una 
Dentro de dentro de dentro de 
Una dentro de una 
Dentro de”



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 Esta noche me han preguntado qué pienso sobre la vida.
 
  La vida, qué grande queda cuando lo declamas. Se te abarrota la boca de abruptas dudas, de finos recuerdos y de sinuosos sueños que deseas cumplir, hasta que, finalmente, no puedes con tanta abstracción, que te atragantas y toses hasta llorar. Como cuando cocinas con cebollas, aunque esta vez no sólo te pican los ojos, sino que también te tiemblan las piernas. 

  A esa cuestión- de dimensiones del Crysler Building- no he sabido dar respuesta, pero me han dado una alternativa: la vida es una matrioska. Así de fácil. Con un símil de una sola palabra.
 
  Pero ¿cómo se te ocurre preguntar por la vida? El calor menguante de la noche estival es siempre inspirador porque con él los cuerpos salen a pasear sin sentir que se diluyen, las plazas se llenan de acordeones, el jazmín despereza su aroma, los edificios se visten de luces y la gente, de gala. Son las noches estivales las que infunden los afectos, la seducción y las ideas, pero éstas son siempre más vehementes si las acompañas con algo de cerveza. Verdad irrefutable.

 Así que, sentados por la noche en una terraza de la encantadora plaza Santa Ana y con nuestra tercera jarra ya en la mano, a mi compañero de mesa le dio por el lirismo y se le ocurrió preguntar. Fue simple, directo e inciso. ¿Qué es para ti la vida? Emmanuel, un francés que siente admiración por cómo los españoles le añadimos el –ito a todas las palabras, me dejó pensar un rato- sin éxito- hasta darme su propia respuesta. “La vida es como una muñeca rusa. Abres y abres caminos y siempre vas encontrándote con nuevos senderos, que sustituyen tus viejas vivencias; como la pequeña muñeca rusa que encuentras en el interior hueco de la grande.”
De eso trata la matrioska: echa de madera, está vacía por dentro y cuando la abres por la mitad, descubres que guarda otra. A su vez, ésta alberga en su interior una nueva muñeca y así sucesivamente hasta que llegas al fin a la muñeca inquebrantable.

Una de esas nunca falta en casa. Recuerdo horas y tardes jugando con ellas, abriéndolas por la mitad, esperando encontrar la siguiente vestida de otra manera, con otro color de ojos y otro color de cinta de pelo. Cuando te cansabas de una, la resquebrajabas para ir a la siguiente, hasta que, sin darte cuenta… ¡sorpresa! Habías ido puliendo la matrioska hasta llegar a su final. Pero lo seductor de ella es que nunca sabes cuántas puede guarecer, y es igualmente emocionante ir abriéndola lentamente, con cuidado; expectante y recelosa por hallar la muñeca que no contiene nada en su interior. El fin.

Así me han explicado la vida, con una teoría de abrir y cerrar etapas, de sorpresas mundanas, de perecederos acontecimientos. Un certificado de vivencia experimental, pero poco empírico. Impredecible y agonizante. Una muñeca rusa. Bueno para aquellos que se dejan llevar por las emociones, mejor para aquellos a quienes la incertidumbre nos mata.

¿Alentador? Sí, pero igualmente cursi. Sin embargo, veréis… esta es una visión desde los ojos de un joven francés trotamundos, y si algo me ha confirmado otra mucha gente, es que la vida se ve de distinta manera a medida que vas cumpliendo años. Jaime Gil de Biedma, poeta barcelonés, nos brindó con una desesperanzadora contemplación:

“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.”

Versos extraídos de su poema “No volveré a ser joven”, donde el desaliento del ánimo está latente. Quizás realista, pero nada confortante.

Nosotros, los jóvenes, hablamos muchas veces de cómo nos vamos a devorar el mundo, en bocados grandes, en uno sólo si cabe. Inspiramos fuertemente en las calles y no notamos ese aroma a frito que desprenden las ventilaciones de los restaurantes. Parece que se camufla  en las ilusiones que tenemos y que no desvanecen nunca. Y así pasa el tiempo, cuestionándotelo todo y creyendo que tienes razón universal. Te emborrachas de la vida y te alimentas de fascinación. Pasamos las noches pintándonos los labios rojos y subiéndonos a los tacones más altos del mundo, porque queremos. Queremos y podemos. Nos fumamos todo el aire del ambiente, hasta la niebla y le hacemos el amor al paso de los días. Cabalgamos sobre los lomos de la vida, porque – y aunque muchas veces no lo queramos admitir- la adoramos y nos creemos capaces de cambiar el mundo sin que haya nadie que pueda quitarnos el apetito de los años.
Dicen que todo esto a los 20 es inspirador, que a los 30, es ridículo y que, finalmente, se acaba perdiendo.

“(…) ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.”

Pero si la vida es una matrioska, como me dijeron anoche, hay que aprovechar y dejarnos sorprender sin preocuparnos de cuándo vamos a dar con la última muñeca o si damos con sobresaltos que no nos gustan demasiado. Los fracasos se acumulan, cierto, pero los éxitos también. Y hay veces, antes del final, que puedes dar con una muñeca cautivadora.

Abramos, pues, nuestra matrioska. Encontrémonos con nuestras propias vivencias y descubramos emociones. Todo a la velocidad que creamos conveniente, pero siempre con cuidado de no agotar extremadamente rápido el cupo de muñecas. Si me permitís, seguiré abriendo mi matrioska con vosotros, porque –y esta vez lo digo yo- la vida sin contarla es como si no hubiera pasado.


(Una vez, en un abrir y abrir de estas muñecas rusas, me topé con un rico gay que se lamentaba de tener un tamaño de pene descomunal. Lo bautizamos como “El rico de anoche”)