domingo, 1 de enero de 2012

Nochevieja en amarillo.


 Moliere murió en plena escena vestido de amarillo, desde entonces, muchos dicen que ese color trae mala suerte. Pero, combatiendo mis miedos supersticiosos, y aunque no sea uno de mis colores favoritos, me he comprado en Lima una tela amarilla chillona para cubrir la cama. 
Es gracioso, porque yo no tenía ni idea: en Perú no entran al nuevo año con ropa interior roja, sino amarilla. Luego me di cuenta que toda la capital peruana estaba invadida por millones de puestecitos callejeros en los que se vendían cotillón, sombreros, bragas y todo tipo de cachivaches para festejar la Noche Vieja con el  color amarillo. Creen que ese color trae la felicidad. 
Tras descubrir esto, me aferré a la manta que compré mientras devorábamos las uvas que pondrían fin al 2011.

Lima-Limaq en aymara, o flor amarilla en castellano. Y se lo toman todo en serio estos peruanos, tanto, que la inmensa capital está construida con edificios coloniales revestidos de color amarillo y todos sus platos están bañados con jugo de limón. Supongo que será para no desentonar. Lima en toda regla.

Y estoy tan encantada con esta ciudad,- ¡tan encantada!- que no sé por donde empezar a elogiarla: si por su caos grato y estimulante o por su gente tan amable, humilde y hospitalaria.
Os hablaría de sus contrastes: de cómo puedes pisar con un pie el desierto y con otro, la frondosidad verdosa de un valle. De cómo sólo 15 kilómetros separan las pirámides Incas de Pachacamac y las catedrales cristianas-católicas del centro de la ciudad, o de cómo el distrito de Miraflores concentra toda la riqueza y pasado otros pocos kms sólo existe miseria. 











Tan bizarra es esta ciudad- en el real sentido de la palabra- que admiro hasta su belleza estrafalaria. 

No sé si habré captado toda su esencia en tan sólo tres días, pero tengo ganas de repetir esos debates populares (y llenos de participación) en la plaza de San Martín, tan bien organizados y tan interesantes, donde el jóven defiende la existencia de Dios y el anciano lo refuta diciendo:

-Usted dice que Dios ha creado el tiempo y el espacio. Tuvo que haber, entonces, antes de que eso ocurriera, un no-lugar y un no-tiempo. Pues bien, yo le pregunto a usted, joven, ¿cómo se llama eso que no ha existido en ningún momento y que no ha ocupado ningún lugar?

Sin duda echaré de menos el bullicio de gente (diez millones de habitantes) y el constante sonido del cláxon como forma de dirección de tráfico, haciendo caso omiso a los semáforos. Y la comida, ¡que no se me olvide la comida!: la Chaufa de mar y tierra, la jalea de pescado, esos chicharrones de calamar tan ricos, y ese sabor del maíz y patata tan distinta a la de aquí. Eso sí, el cebiche, que se quede donde está,-¡Puagg!: pescado y marisco crudo bañado en jugo de limón y cilantro-.
Pero dejémonos de comida, que se me está abriendo el apetito. 

Sólo decir que no estoy muy segura de en qué momento he entrado al 2012: si ayer con el atardecer peruano, o esta mañana al volver a España. Sólo sé que he entrado convencida del amarillo de mi manta y de la felicidad que se supone que trae ese color.

 Presiento que va a ser un gran año.

Feliz 2012.






















PD: fotografía de Yago Martínez

2 comentarios:

Eduardo Yuguero dijo...

No sé si será porque te pasas el día dando gritos, pero me da que ese amarillo chillón te va a sentar de muerte.

Se huele tu talento periodístico desde aquí.Y huele tan bien, que no puedes esperar a que se enfríe.
Que las cosas calientes salen mejor.

Besos a toda tú familia y felicidades a Yago por las fotos, son chulísimas.

Juan Carlos dijo...

tu y tus viajes.. =) en parte me gustaria tener una vida parecida a la tuya.. y dar la bienvenida al nuego año en cualquier parte del mundo que pueda estar..
jajaja feliz año nuevo y a disfrutar esa mantica amarilla.. =)