jueves, 5 de marzo de 2009

¡Ojo por ojo y aberraciones del mundo!


Que este es un mundo de contrastes y que hay infinidades de culturas, todos lo sabemos.
Costumbres hay muchísimas - algunas fascinantes e insólitas- y son aceptables desde el punto de vista moral que yo y mucha gente tiene.

Lo que haga Fulanita no nos incumbe a nadie. Si le apetece comer haciendo el pino, salir a la calle vestida de romana o meterse lápices por la nariz es cosa suya. Con esto no quiero decir que no pueda ser foco de una de mis últimas críticas de indumentaria o de estilo, sino que el Estado o el gobierno no tendría porque estar ahora dictando leyes de si aceptan esas costumbres o no.

Si por ejemplo las niñas musulmanas que viven hoy en España quieren llevar el Burka, que los del partido no se las den de progresistas y tolerantes por aprobar una ley que permita llevar el Burka en los institutos. Lo que a mí me fastidia no es que se tolere que la niña lleve o no el velo o el burka, si no que desde un principio le hayamos tendio que dar importancia. Lo mismo nos pasa con el color de la piel, la forma de la cabeza, o cuando decimos que no nos importa cuánto de larga tiene uno la… nariz. Cuanto más trabajamos nuestro vocabulario para pretender ser menos racista, más lo somos.
El negro es negro y lo de hombre afroiberoamericanojaponés son gilipolleces – aquí incluyo a lo de hombre de color o términos parecidos. Lo de tolerar al africano por ser negro…- perdón, quería decir hombre de color- o al chino por ser algo más amarillo es la mayor estupidez que he visto en toda mi vida, cuando, a estas alturas, no nos deberíamos ni plantear la importancia de la raza.


Pero aquí lo que falla es la palabra tolerar. Es un concepto horripilante que no debería existir, primero porque es seguir dándole importancia a cosas que no la tienen, y segundo porque no todo se puede tolerar.

Si de repente, hoy, una mujer iraní se queda ciega por completo y con la cara plenamente quemada porque ha rechazado a su verdugo, se comprende que debemos ser tolerantes al observar que se aplica una ley- que no sé cómo se llama- para defender a la mujer y contemplar cómo ojo por ojo el mundo se queda ciego. Bueno, no, medio ciego, porque si la costumbre en esa cultura es que la mujer valga la mitad que el hombre, entonces al hombre sólo se le deja ciego de un ojo.

En países como el nuestro, laicos y desarrollados, se tolera que en el mundo se sobreexplote a millones de niños en Afganistán, en la India, Bolivia, Brasil... para multinacionales como Nike o Reebok; que se exporten armas para países tercermundistas que están en guerra, la corrupción, la homofobia, la inhumanidad o la xenofobia según a nuestra conveniencia- un inmigrante inglés no es lo mismo que uno que llega de Marruecos o Bulgaria, por supuesto. Estos dos últimos se dedican a robar y a hacer el gandul, o eso es lo que dicen-.

La tolerancia da asco y no me entra en la cabeza cómo existen personas que son adeptas a este tipo de religiones, sectas, o -en el mejor de los casos- estercoleros, que sólo sirven para poner en recesión la globalización y aumentar el maldito escepticismo en el que vive este planeta.
El que a uno no le importe que el otro sea azul y coma alpiste no es tolerancia, es la indiferencia más sana que puede haber.

Pero el mundo es muy raro, tanto, que hoy el Sol iba y venía a su gusto, la gente tenía cierto comportamiento bipolar, a mi me han dicho que voy a suspender segundo de bachillerato por un par de cuatros, y, además, para follar hay que ir nada menos que hasta Rusia. Para entonces el calentón se habrá deteriorado. :-)

2 comentarios:

Þórunn dijo...

Amén.

Joaco dijo...

QUe los ricos se aprovechen ha sido siempre así, a todos les conviene que exista gente explotada o personas para probar sus nuevos medicamentos. Con respecto a la cultura lo mejor es viajar y sumergirte en ella.